¿Dónde se encuentra México?

Por Daniela Latorre

Son las dos y media de la mañana y mi padre mira una serie mientras yo termino de armar mi mochila. Siempre preparo mi equipaje el día anterior a la partida. Siempre agrego y desagrego cositas hasta último momento, también. Mi mamá se toma un té con limón para calentar el cuerpo en esta fría madrugada de agosto. La gata duerme haciendo equilibrio sobre el respaldo del sillón. La perra juega con una pelota debajo de la mesa. Todos esperamos que se haga la hora de salir para el aeropuerto.

Esta tarde vino un vecino y me trajo de regalo un libro que, feliz coincidencia, yo andaba con ganas de leer. El vestido blanco de Nathalie Léger. Cuenta la historia real de la artista italiana Pippa Bacca quien viajaba a dedo atravesando Europa por los Balcanes hacia Jerusalén, vestida de novia, en nombre de la paz. Su destino fue fatal. La muerte la encontró en Turquía, en manos de un hombre que primero la violentó. Me interesa el tema pero dudo que esta lectura sea la adecuada para mis próximas horas en viaje: estoy yendo a México. Allí, el 70% de las mujeres mayores de 15 años han sufrido o sufren violencia y 10 mujeres son asesinadas cada día. Me pregunto si las largas horas de viaje y de escala hasta llegar al mar Caribe se me harán realmente más amenas en compañía de este libro. Creo que puede sugestionarme demasiado, volverme paranoica, desconfiada. Lo guardo en el bolso de mano y dejo la decisión para más tarde.

Llegamos a Ezeiza en familia, nos despedimos en el acceso a migraciones. Mis papás quieren acompañarme un poco más. Les explico que ya llegamos al lugar correcto, que me toca seguir sola desde ahí, que todo estará bien. Prometo lo que no está en mí cumplir.

Una vez en el avión, comienzo con las primeras páginas: efectivamente, este relato será lo suficientemente crudo y realista como para ponerme en alerta. Me comparo con la protagonista. No planeo viajar a dedo como ella, pero sí aspiro a explorar todo lo que pueda de la Riviera Maya.  No iré vestida de blanco como intervención artística, pero sí llevo ejemplares de mi libro recién salido del horno, con la ilusión de presentarlo en algún centro cultural. No estoy muerta como ella, sólo me estoy embarcando en una aventura. Otra más.

Para darme ánimos, me enfoco en los últimos libros que leí de autoras mexicanas contemporáneas. Recuerdo a Jazmina Barrera y sus reflexiones sobre la maternidad en Linea nigra. O su oda a la amistad en su tan sensible y humano Punto de cruz. Con ambos me identifiqué, con ambos soñé con visitar México algún día, y por eso estoy ahora embarcada en este plan.

Me acuerdo pronto de Brujas, de Brenda Lozano. Con sus personajes basados en personas reales, visualizo a todas y cada una de las curanderas que conocí. Pienso en mi abuelo y sus yuyos, en mi abuela curando el empacho, en mis amigas y sus rituales en el río Lesser. Me siento más a gusto, más real. Más viva.

Me duermo una hora, me despierto y leo un poco más. Me asusto. Cada kilómetro que Pippa avanza la acerca más hacia su fatídico final. Cierro el libro, lo escondo en el bolsillo del asiento frente a mí. Lo vuelvo a retomar.

Y así, poco a poco, aterrizo del primer vuelo con un nudo en la garganta. La historia de la artista es tan cruda como verdadera. ¿Cuál será mi destino en este viaje? ¿Yo también deberé dejar de hacer las cosas a mi modo para escapar de las crueldades humanas? 

No tengo tiempo de responderme: debo tomar el próximo avión. La escala en Lima es corta. En cuatro horas me espera mi amigo en Cancún para irnos juntos a su casa en Playa del Carmen.

Al llegar, una lluvia de taxistas me ofrecen traslado. La amabilidad el pueblo mexicano supera mis referencias. Aún sintiéndome agobiada por tantas personas hablándome al mismo tiempo, puedo notar que su tono es cordial. Todos quieren ayudarme, todos me ofrecen orientación, compartir su internet para que esté de nuevo conectada, darme indicaciones para arribar al punto de encuentro con mi colega.

Voy a pasar diez días aquí. Quiero conocer el mar turquesa del Caribe y algún cenote. Sé que son muchos y que este es el único lugar del mundo donde existen estas formaciones. No tengo mucha idea de qué se trata eso y me gusta que sea así: estimo que ir a ciegas es parte de la magia de este viaje, sin expectativas delineadas.

Por ser el primer día, celebramos cenando tacos al pastor. Presiento que se convertirá en uno de mis platos favoritos de esta experiencia. Hace un calor infernal así que comer en una taquería al paso y al aire libre es un alivio. Me cuesta pasar tiempo encerrada en la casa o en los locales que acumulan la humedad de todo el día.

Volvemos rápido al departamento. Son las 10 de la noche. Me siento segura junto a mi amigo que lleva un año viviendo acá.

Nos despertamos para ir a la playa. Una amiga argentina nos espera y nos pide que la pasemos a buscar. Me sorprende que haya un barrio privado tan cerca del centro de la ciudad. Se llama Playacar y me recuerda a las películas de Hollywood en las que vi familias de clase media haciendo ventas de garage, lavando sus vehículos en el jardín, rodeados de palmeras y pasto prolijamente cortado. Todas las casas se parecen un poco. Los autos pasan lento. Hay dos canchas de golf. Nunca había visto una cancha de golf. La gente pasea sus perros con correa y viste ropa deportiva. Soy la única que parece llevar puesto un traje de baño por debajo del vestido.

Estamos en la temporada baja. La escuela primaria está abierta y hay muchas bicis estacionadas dentro. Las calles están plagadas de flores fucsias de Santa Rita, o Bugambilla, como la llaman acá. 

Es un complejo de viviendas de residentes y algunos alojamientos turísticos. Fue el primer asentamiento de esta zona, mucho antes de que haya un centro y que la ciudad sea tal.

Camino al mar, pasamos por un sitio arqueológico maya y por una pequeña selva, todo dentro del  mismo barrio privado.

Mi amigo elige sentarse en una playa de arena blanca. El mar tiene que color que yo esperaba. Hacen 35 grados. Sigo sin entender cómo esto es la temporada baja. Quisiera compartirlo con mucha gente más. Igual me alegro de la paz que nos rodea.

A un kilómetro veo el muelle y sus dos ferris que salen cada hora hacia Cozumel, la isla vecina. Sus costas componen el Arrecife Mesoamericano: el segundo sistema de arrecifes de barrera más grande del mundo.

Agradecemos nuestra suerte. Brindamos con una ronda de mate.

Por la noche, él se va a trabajar y yo me quedo en su hogar trabajando.

Son las 22 horas. De pronto, escucho gritos. Vienen de la calle. Reconozco la desesperación, es la voz de una mujer. Pide socorro. Intento abrir la ventana, estoy en un primer piso de una casa de dos pisos. La mantenía cerrada para poder tener el aire acondicionado encendido y así proteger la salud de la batería de mi computadora. Está trabada: la humedad y la sal atoran todo a su paso. No logro despegarla de la guía y la mujer sigue gritando. Todo pasa en un segundo. Hasta que su grito de “ayuda por fav—“ parece interrumpido. Lo siguiente: un portazo seco y un coche acelerando.

Pienso en mi maestra de escritura que vive en Ciudad de México y las historias que nos compartió. En los vagones de tren y metro sólo para mujeres. En que ella no sale de su casa pasadas las 21. En las veces que dije para mis adentros “eso no es vida” mientras guardaba silencio en sus clases.

Al día siguiente, me reúno de nuevo con la amiga de mi amigo. Paso dos controles de seguridad hasta llegar a su lote. Ella me cuenta de la red de trata de niños que opera en Playacar, el barrio de película en el que vive. Me dice que las azafatas de las aerolíneas que vuelan a Cancún están entrenadas para identificar criaturas que viajan sin sus familiares. Que hasta ahora esa fue la estrategia más eficiente que una ONG logró diseñar para liberar a estas víctimas, antes de aterrizar en lo que parece ser tierra de nadie.

Son las 3 de la tarde y nos dirigimos de nuevo a la misma playa semi privada a pasar el rato. Nos cruzamos con un señor que tiene a upa un cachorro de perro siberiano. Está en el frente de una de las mansiones. Nos ofrece comprarlo por 3000 pesos mexicanos. Hago la cuenta: son 180 dólares.

Vamos hasta la caseta de seguridad de uno de los ingresos al barrio y damos aviso a las autoridades: sospechamos que acaba de robarlo de una de las casas.

Transcurre una semana. Voy de invitada a un resort all-inclusive a ver actuar a mi amigo con su compañía de circo. Todas las noches presentan un show diferente para turistas. Les saco fotos con la cámara profesional a modo de intercambio.

Voy sola a la playa y a hacer trámites. Voy sola al centro. Pregunto los precios de las excursiones de buceo: ninguno dentro de mi presupuesto. Igual disfruto de conversar con los promotores. Son insistentes pero extremadamente respetuosos y amables. Creo que me están enseñando algo.

Vuelvo siempre antes que anochezca.

Le quedan pocos días a mi estadía. Planifico una excursión a Tulum en transporte público. Está a una hora de combi hacia el sur, dentro del mismo estado Quintana Roo. Allí me esperan las ruinas mayas de lo que un día fue Zamá (amanecer en lengua maya). Servía de puerto comercial hasta la llegada de los colonizadores. Los restos de los templos y viviendas se emplazan en un alto con vista al mar. Un verdadero lujo. Y muchas, muchas, muchas iguanas gigantescas que se pasean y aparean entre los visitantes, como si no estuvieran allí.

Se hacen las 12 del mediodía y me encuentro con otro amigo: nos vamos, por fin, a pasar el resto de la jornada en un cenote.

Los mayas los consideraban la puerta hacia otro mundo. Un lugar de purificación. Los hay de agua dulce, de agua salada y de mezcla de las dos. Los hay al aire libre, los hay con salida al mar, los hay bajo cuevas. Se formaron hace 65 millones de años, como resultado del impacto en la Tierra del mismo meteorito que provocó la extinción de los dinosaurios.

Pasamos por un supermercado y preparamos sanguchitos. Viajamos en moto unos kilómetros más hasta llegar a la zona hotelera. Pagamos una entrada en un eco-glamping solo por unas horas. Nos facilitan una tabla de stand up paddle, los remos y chalecos salvavidas. Me avisan que estos últimos no serán necesarios. Tenían razón: el agua es totalmente calma. No hay corriente.

Me sumerjo, me dejo llevar: siento una paz absoluta. Mi amigo eligió sabiamente: en este recinto los turistas son muy pocos. Tenemos espacio y distancia. Disfrutamos de su inmensidad.

Se acerca la noche. Nos dirigimos a la playa: el turquesa de Tulum no me defrauda, aún siendo ya las seis de la tarde. Toca aprovechar un poquito más. Me baño y observo la extensión de esta costa: mucho más amplia que la de Playa del Carmen. Me siento libre y segura. Me siento arropada por las suaves olas. Recuerdo a Jazmina Barrera y a su Cuaderno de Faros. Recuerdo a Brenda Lozano y me pregunto si la protagonista de su Brujas habrá conocido los secretos curativos de esta costa y la medicina maya.

Se acaba mi tiempo en México. Disfruté de sus comidas siempre picantes, de sus cervezas con michelada (mezcla de pimiento chili y limón) y de sus atardeceres prendidos fuego. Me mareé con tanto estímulo. Me asusté con tanta información.

Sin dudas, es un tan amplio como rico. Difícil de catalogar. Imposible de resumir.

Continúo mi camino ilusionada y viva: ¿qué más hay para descubrir en este enorme país? Hay tantos Méxicos como realidades en él se viven.

¿Qué otros libros me enseñarán de su ancestral cultura y tradiciones? ¿Qué ángel cuidó de mí en esta ruta hacia lo desconocido?

Gracias nuevamente por acompañarme en otro episodio de Viajo con libros. ¿Se te ocurre otro destino interesante en México? ¿Tenés algún autor o autora de allí para recomendar? ¡Te leo en comentarios! 

Publicado por María Daniela Latorre

De Argentina. Escribo y viajo. Lic. en Psicología. Tutora de lenguaje. Políglota 6+. Fan de la playa y los mares turquesas.

4 comentarios sobre “¿Dónde se encuentra México?

  1. ¡Impresionante, tu artículo!

    Todo lo que cuentas, las fotografías, …

    Y el fondo, esplendoroso:
    «Me mareé con tanto estímulo. Me asusté con tanta información.

    Sin dudas, es un tan amplio como rico. Difícil de catalogar. Imposible de resumir.»

    Gracias por compartirlo.

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