Por Claudia Fernández Vidal

La plaza del pueblo comienza a moverse en su rutina cotidiana, un perro color gris y blanco se rasca las pulgas y un par de señoras con polleras de colores se saludan amigablemente dejando ver un diente de oro.
Pan recién amasado, jugo recién exprimido, calles de tierras humedecidas por el camión de la municipalidad con su lluvia de chorritos.

Nubes formando cadenas con otras nubes abrazando los techos de las iglesias y las casas.

Estaciones sumergidas en la quietud del color gris y en la madera hinchada de sus viejos durmientes, el frío helado de los rieles.
Cruces destartaladas y florecitas moviéndose con el viento. Olorcito a jarilla, tusca, romero y nomeolvides. Flores de quiticientos colores alfombrando los campitos de orillas verdes sembrados con papas y ocas.




Un chico flaquito de camisa blanca impecable y corbata larguísima. Un par de piernas cruzadas, un bebé que llora, una madre que esconde el peso de sus cargas detrás de una mirada que ahora mira por la ventanilla del subte. Un piloto azul, un bigote poblado, una carcajada al pasar, la cabeza gacha de casi todos los japoneses inmersos en las pantallas del celular.




Un cepillo de dientes nuevo, gente que circula en los pasillos, el agua calentita de la pileta climatizada justo cuando empezaba a extrañar, la nostalgia de los que venden marketing para subirse a un avión y volar más lejos.
La valija cerrada y con exceso de peso, la mochila verde fosforescente y un bolso cruzado en el pecho. El recuerdo en el cuerpo de las despedidas antes del túnel de la incertidumbre. Un lápiz labial anaranjado, zapatillas blancas y un par de auriculares. La vendedora de flores, los carteles luminosos, las torres y las escaleras, el mármol y la lana de alpaca de una bufanda envolviendo el cuello.
La sonrisa de los que a veces ríen porque es parte del trabajo diario, las estrellas y las constelaciones todas.
Tres botones cerrando un abrigo de lana y las manos frotándose mienstras dejan escapar el humito del frío.
Pasajes, aeropuertos, sellos y controles, barreras y alfombra roja, cerradura automática y el abrazo primero después de la ida o la vuelta.
Los libros y los que me cuentan todo lo que yo ni cuenta me di, en esa tarde y en algún lugar.



Cuando me preguntan que veo cuando viajo, que miro, que me traigo a la vuelta lo voy resumiendo así.
Ah, y el chico del barcito donde hoy escribo, baja sobre la mesa un café con un chocolate de regalo, tiene delantal rojo y barbijo azul, porque a pesar de este tiempo sin viajes hay mucho para seguir mirando, y después contar.
El mundo es demasiado grande y hay que seguir andando… a la vuelta me traigo lo que puedo ver. Siempre.


