Por Lucila Moro

No es fácil envejecer bien en una sociedad que cultiva todos los valores asociados a la juventud. Sin embargo, se aprende. No es darse por vencido ni resistir, sino aceptar vivir todas las etapas en conciencia, acompañando los cambios y explorando otras facetas de uno mismo.

En la vida real, ¿qué mujer mayor tiene la cara y el cuerpo perfectos?
En la vida real, de hecho, los rostros tienen arrugas y las siluetas de los cincuentones no son las de las top models. Sin embargo, no es fácil sustraerse a la fantasía del “envejecer joven” en nuestra cultura, que sueña con multiplicar los centenarios, pero no soporta que rostros y cuerpos muestren las marcas del tiempo. Todos estamos sujetos a una lógica de actuación. Y para ser productivo, debe mantenerse en plena forma. Así, la delgadez, más que la ausencia de arrugas, es sinónimo de juventud. Si soy delgado, soy activo; si estoy activo es porque estoy en la carrera, tengo futuro, entonces no soy viejo.

Pocos de nosotros no tratamos de hacer menos visible el paso del tiempo. Para no quedar excluido de la vida profesional, para seguir seduciendo, para sentirte mejor contigo mismo. Deseos ambivalentes.
Mantener el control en una existencia con hitos siempre cambiantes es sin duda uno de los anhelos centrales hoy cuando hablamos de envejecer bien.

Luis, de 42 años, lucha por contener las lágrimas cuando habla de la internación de su madre de 74 años, que tiene Alzheimer, en un instituto especializado. Físicamente todo le va bien, pero ya no reconoce a nadie y delira todo el día. Envejecer así ya no es vivir. Pensar que vi a mi madre, deportista y curiosa por todo, vivir cien años rodeada de sus dieciocho nietos.
El envejecimiento se conjuga de manera diferente en el masculino y en el femenino. Si la menopausia sigue siendo una etapa crucial en la vida de la mujer, durante mucho tiempo la relación con el trabajo fue el único criterio utilizado por los hombres para medir su relación con el tiempo: el envejecimiento se vivía entonces tanto más gravemente cuanto que representaba un ataque a la mano de obra. El espectro de la enfermedad, la precariedad material y emocional, todo ello contribuye a que aprehendamos la vejez como una prueba a superar, más que una estación a saborear.


Porque tal es la paradoja de nuestro tiempo: nuestro anhelo de una vejez sinónimo de sabiduría, de serena aceptación y de radiante madurez, antepone nuestras angustias de inseguridad, soledad y dependencia física. A esto se suma la ambivalencia de nuestro deseo.
Cristina, de 66 años, recuerda con ternura a su abuela que, a los 65, estaba tan guapa “con su moñito blanco, sin maquillaje, y que olía a violetas. Una abuela sabia y gentil, como en los cuentos de los hermanos Grimm. En teoría, a Cristina le gustaría ofrecer la misma presencia a sus futuros nietos, y sobre todo no convertirse en una de esas abuelas mayores hiperactivas que “parecen ser la madre de sus nietos”. Sin embargo, no piensa dejar de jugar al tenis, viajar pronto y menos dejar el maquillaje o las clases de gimnasia que le aseguran una silueta treintañera. «Es cierto que solo me veo ‘dejándome llevar’ alrededor de los 70-75 años», admite.
Soltar, adquirir más sabiduría, ganar autoconocimiento, centrar las ganas y la energía en los proyectos que realmente nos importan, esto es lo que mejor nos puede ofrecer el envejecimiento. Pero no estamos preparados para un momento de mudanza.

El culto a la juventud nos empuja a congelarnos en nuestra imagen. Sin embargo, sólo asumiendo lo efímero, abriéndonos al cambio, en nosotros y a nuestro alrededor, podemos seguir vivos. Y esto sólo es posible si aceptamos envejecer.
Hasta la próxima semana amigos lectores.
