Un escalón al cielo pero para mirar desde aquí abajo
Por Claudia Fern´ández Vidal

Fui tantas veces que ya he perdido la cuenta. De las primeras idas me veo viajando en la camioneta Ford de mi papá en la parte de atrás, con mis hermanos, mis primos, mis abuelos, con amigos, algún novio y también a trabajar. Recuerdo los primeros asados bajo los sauces llorones de la entrada, y el mareo que el cerro a veces nos producía.
Pasando el pueblo de Santa Lucía ya comienza a sentirse ese frío profundo como cuando abrís la puerta de la heladera, y aunque no lo creas entre curvas y curvas hay un cartel de vialidad que anuncia : La Heladera, y otro El fin del mundo, en esos profundos precipicios donde la yunga es dueña y señora de todos los verdes.

Abajo entre piedras blancas y enormes el río blanco salpica y corre feroz marcando un largo recorrido, si te perdés alguna vez en el cerro seguí el río dicen los guías, y si hay un perro cerca entonces hay gente cerca también.

Hay casitas perdidas cerro arriba y ovejas blancas colgaditas de las montañas arrancando el pastito que crece verde antes de que llegue la helada.
Tafi es lindo todo el año, es parte de los Valles Calchaquíes y podes llegar desde Tucumán por la ruta 307. Mi primera subida al cerro en auto manejando también fué a ese valle, me dijeron que era fácil y allá fui, juro que nunca tuve miedo.
Caminatas largas por las tardes, cafecitos al sol en las mañanas, noches heladísimas y profundamente estrelladas.
La paleta de verdes parece alfombrar las montañas que se mezclan con otras azuladas y marrones. Un viento que acaricia la piel, aire puro que se respira a todas horas.
Podes ir al río, conocer la cascada de Los Alisos, caminar y pescar en el dique La Angostura, trepar durante horas hasta La Ciénaga, mirar Tafi desde arriba al atardecer con miles de lucecitas brillando es un espectáculo que compite con la vía láctea.
Flores amarillas silvestres marcando el camino hacia El Infiernillo, los Menhires, la historia contada en las piezas arqueológicas encontradas en los cerros, la gente simple y callada, el pan casero, el té de muña muña para acelerar los latidos del corazón, el sombrero aludo para que no pegue tanto el sol, el ponchito de lana, las llamas mirando con sus enormes ojos.
El Valle es para disfrutar, olerlo, sentirlo, y dejar que los ojos te dejen subir más escalones.






